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Por qué "violencia de género" y "violencia en el entorno familiar" no es lo mismo. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Redacción   

El lenguaje, como construcción cultural, es uno de los mayores logros de la humanidad. Con su uso transmitimos nuestras formas de sentir, de pensar y de actuar en cada sociedad.

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Pero no es sólo un elemento que nos permite relacionarlos con la realidad, sino que también la crea, construye el mundo y la esencia de nuestra relación con él.

A través del lenguaje nombramos la realidad, le ponemos etiquetas, pero también la interpretamos y la creamos simbólicamente cuando establecemos abstracciones. Dependiendo de lo que nombremos y de cómo lo nombremos, la persona receptora de nuestro mensaje construirá una imagen mental más o menos fiel de la realidad.

Por todo ello es importante (más de lo que al principio pueda parecer) la adecuada utilización del lenguaje, porque ¿qué sucedería si a través de él creáramos desigualdad?

Analizando la historia de la humanidad es fácil ver que el uso del lenguaje se convirtió en otro de los mecanismos sociales de segregación que contribuyen a presentar una explicación androcéntrica de la realidad. Ese lenguaje ofrece el reflejo de una sociedad en la que históricamente el significado de “ser hombre” y “ser mujer” está definido y construido socialmente a través de los roles y estereotipos de género, que han fomentado un conjunto de ideas simples y arraigadas en la conciencia colectiva, transmitidas de generación en generación, acerca de la supremacía de los hombres con respecto a las mujeres.

El lenguaje androcéntrico y sexista contribuye a hacer posible la violencia de género, porque cosifica e invisibiliza a las mujeres, la somete y sitúa en una posición de subordinación.

 

Por qué Violencia de Genero.

El término Violencia de Género es una traducción del inglés gender violence. Comenzó a usarse de forma más generalizada a partir de los años ´90, coincidiendo con el reconocimiento social de la gravedad y extensión de la violencia histórica contra las mujeres. Tres importantes acontecimientos impulsaron su difusión:
- 1993: Conferencia Mundial para los Derechos Humanos en Viena.
- 1994: Declaración de Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer.
- 1995: Conferencia Mundial de Mujeres en Pekín, donde las mujeres acuerdan utilizar el término “violencia de género” en los diferentes pueblos y lenguas.

Estos datos reflejan cómo la violencia de género no fue nombrada como tal hasta hace muy poco tiempo. Sufrida por las mujeres, sólo se visibilizaba cuando eran agresiones físicas y refiriéndola a actos agresivos inconexos.

Cuando en España el término se usó para dar nombre a la Ley Orgánica de Medidas de protección Integral contra la Violencia de Género (aprobada en diciembre de 2004), surgió la polémica. Desde la Real Academia Española de la Lengua hasta conocidos escritores y polemistas, expresaron su desacuerdo con este modo de designar la violencia contra las mujeres, aludiendo a la incorrección léxica de tal designación. La RAE recomendaba el uso del término “violencia doméstica” en lugar de “violencia de género”. Tras esta recomendación y la polémica que despertó, se estaba visibilizando que la violencia sufrida por las mujeres seguía siendo un fenómeno incomprendido y desnaturalizado, al que se intentaba despojar de su esencia: la subordinación histórica y universal de las mujeres por el hecho de serlo. Se estaba negando el derecho a existir lingüísticamente un concepto nuevo: el concepto de que la violencia sufrida por las mujeres, ni es doméstica, ni es familiar, ni es de pareja. Éstos pueden ser – en todo caso- ámbitos en los que se manifiesta; pero el reduccionismo lingüístico sería tan inapropiado como denominar “violencia callejera” (porque sucede en la calle) a la “violencia terrorista”. Invisibilizar su carácter ideológico eliminaría su existencia conceptual, siendo indiferente de cualquier otro fenómeno violento.

La polémica devenida por el uso del término para designar ese tipo de violencia hacia las mujeres podría entenderse porque el modo en que designamos es importante ya que al designar, por un lado damos significado y construimos la realidad, y por otro lado ponemos de manifiesto los valores y la ideología con la que miramos. Así pues, si la violencia contra las mujeres es un hecho históricamente invisibilizado, visibilizarla supone reconocer su existencia y convertirla en un problema político.

La especificidad de la violencia de género supone tener presente que las agresiones o la violencia ejercida en la pareja (heterosexual) no puede ser entendida si no se tiene en cuenta el carácter ideológico que la sustenta. No estamos ante la violencia de un agresor sobre otro: agresor y víctima pertenecen a grupos socialmente jerarquizados (definiendo el carácter ideológico de tal violencia). Sí estamos ante una violencia estructural, en la que el agresor hace concreta – sobre su pareja- una forma de organización social que subordina a las mujeres respecto a los hombres y que ha sido designada como patriarcado.

Las diferentes representaciones de la violencia hacia las mujeres dependen de la posición desde la cual se contemple.

Desde el modelo patriarcal la violencia de género sólo emerge como anomalía de individuos que por alguna razón, alteran el equilibrio de la complementariedad entre hombres y mujeres. No existe, por tanto, un problema social. Al considerar el ámbito de lo privado (que es donde se produce la violencia hacia las mujeres) como un subsistema dentro del sistema social, existiría un grupo (minoritario) de casos en los que se produce esta violencia. Por tanto, la violencia de género, como problema aislado, sólo se da en algunos casos anómalos. La sociedad es básicamente igualitaria y la violencia de género no es un problema estructural. Las diferencias entre hombres y mujeres se deben a que la naturaleza les ha dotado de condiciones distintas contra las cuales ni se puede ni se debe luchar. Las características masculinas predisponen a los hombres para el desempeño en el ámbito público (el esfuerzo, la competitividad, contribuir al mantenimiento de la sociedad sacando adelante a la familia); las características femeninas, por el contrario, predisponen a las mujeres para el cuidado, la crianza y la permanencia dentro del hogar, en un entorno cómodo, protegido y seguro.

Frente a este modo (aún dominante) de explicar la realidad de la violencia sufrida por las mujeres, surge el modelo discursivo cuando se introduce la perspectiva de género en el análisis de esa violencia. Desde este modelo no se trata la violencia hacia las mujeres como un problema aislado (de lo privado), ni ocurre en los márgenes del sistema y al margen de las normas. La violencia se ejerce a distintos niveles y la agresión física  - o el asesinato en la pareja- es sólo la expresión máxima y terrible de un mal mayor. El único modo de comprender la violencia que se produce en el ámbito doméstico, es remitiéndola al sistema de desigualdad estructural del que surge y en el que se sustenta, y ésto es precisamente, lo que la convierte en violencia de género (y no doméstica). El patriarcado necesita de la violencia para perpetuarse, y la violencia se perpetúa a través de la legitimización que le proporciona el patriarcado.

De esto se desprende que violencia de género no es equivalente a violencia doméstica. Hablar de violencia de género supone asumir una nueva conceptualización del problema , diferente a la planteada desde el modelo patriarcal. Hablar de violencia familiar, intrafamiliar, de pareja, doméstica,… u otros términos con los que se pretende designar la violencia que sufren las mujeres, convierten el contexto relacional (familia, pareja, hogar) en lo sustantivo del fenómeno, desenfocando así las claves epistemológicas que permiten comprenderlo en lo que tiene de específico y diferente a otras violencias.

Las agresiones masculinas descritas como violencia de género no se ajustan a las dinámicas observadas en las respuestas agresivas que se generan en situaciones de conflicto entre personas. No se debe, pues, a un estado de ira canalizado de un modo disfuncional ante un conflicto, sino a un proceso de control que define las posiciones de dominio y sometimiento (frente a la víctima) en una relación. Este elemento define la violencia de género como un fenómeno diferente a otras violencias.

Violencia de género Vs. Violencia doméstica (o en el entorno familiar).

A efectos penales, por Violencia doméstica o intrafamiliar, deben entenderse aquellos actos de violencia de cualquier tipo que se producen entre miembros de un núcleo familiar y/o convivencia, en el que el sexo del sujeto activo y pasivo es irrelevante, ya que puede ser uno u otro, tanto los hombres como las mujeres.

Por Violencia de género se definen los diferentes actos de violencia causados por el hombre a la mujer por el simple hecho de ser mujer; constituyendo una manifestación de la histórica discriminación causada a la mujer por el hombre, lo que supone una vulneración de sus derechos fundamentales.

En conclusión, aunque hoy en día nadie, con un mínimo de sentido común, sostiene creencias que justifiquen ninguna agresión a una mujer, hay que perderle el miedo a nombrar a este fenómeno como lo que es: violencia de género

 

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