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Galería de Hombres al Margen del Patriarcado: François Poulain de la Barre: Clérigo cartesiano (2ª parte) PDF Imprimir E-mail
Escrito por Jesús Espinosa   

En la primera parte de este artículo pudimos comprobar como Poulain de la Barre trasladó el ideario cartesiano de búsqueda de un nuevo método de conocimiento racional, al ámbito de las “relaciones vitales”, eligiendo para ello la cuestión de los sexos.

Para Poulain “nada hay más antiguo ni más universal” que la diferenciación de sexos y el estado de subalternidad y dependencia de la mujer, y por supuesto, el pensamiento que legitima tal condición para el sexo femenino. 

Consciente de la conciencia colectiva de su tiempo, aseguraba el sacerdote francés que la idea contraria (la de la igualdad de sexos) era percibida como paradójica, ya que al ser la desigualdad de sexos una realidad tan absoluta, imaginar lo contrario en aquel contexto social parecía inverosímil hasta que tal condición fuera progresivamente transformada. Aquell@s personajes que son capaces de trascender su propio tiempo, de desligarse de los prejuicios dominantes, de ser al fin y al cabo pioner@s, son aquell@s que en ocasiones la Historia olvida y que desde nuestro presente tenemos el imperativo moral de rescatar. Bien lo expresó Celia Amorós, el carácter precursor de Poulain, al dar cuenta de que nuestro autor trascendió su época, no ya al “demostrar more deductivo de la igualdad de los sexos como idea verdadera” sino al “potenciarla como sentimiento moral con virtudes en orden a la transformación de las costumbres”(1).


Entonces, como vemos, el discurso de nuestro autor trasciende la dinámica dialógica de misoginia frente a feminofilia propia de aquel debate histórico denominado como “Querella de las damas” iniciado por Christine de Pizán a partir de su obra La Ciudad de las damas (1405), rompiendo los esquemas hasta ese momento planteados al aportar una defensa de la igualdad, más allá de la excelencia de la mujer, lo cual marca un hito con el que se inicia el feminismo de la igualdad ilustrado de la primera ola.

En su idea de una sociedad igualitaria, nuestro autor denuncia la concepción de la mujer de su época, criticando que se la haya educado para ser pertenencia del hombre, para que solo sirvan “para criar a los niños y ocuparse de las tareas domésticas”, el hecho de “vedar a las mujeres su participación en las ciencias, en el gobierno”, de las cátedras de las universidades, de acceder al cuerpo de policía, de formar parte de tribunales judiciales, de la abogacía, de encabezar un parlamento, de dirigir un ejército o de trabajar como embajadoras.

Según Poulain, las mujeres tienen derecho a participar en los ministerios de la religión, ocupar puestos que le son vedados por las instituciones eclesiásticas, ejercer la autoridad, reinar, gobernar, capitanear ejércitos, ser jueces, participar en la construcción del conocimiento científico, porque las mujeres conocen igual que los hombres, y ya que “la inteligencia no tiene sexo” dominan igualmente la elocuencia, el arte de hablar, y por lo tanto, la justeza de entendimiento al mismo nivel que los varones. Igualmente virtuosas, sin embargo, superan a los hombres al ser más caritativas, delicadas, sencillas y honestas. En este sentido, Poulain no se desliga totalmente de esencialismos, siendo incluso partidario de que sean las mujeres y no los hombres los que cuiden e instruyan a los hijos, por lo que la función de madre es ensalzada y fijada como connatural a ellas.

Poulain no buscó la aprobación de determinadas damas, ni sentía admiración irracional ni especial por las mujeres, más bien su proyecto de sociedad se asentó en la apuesta por la igualdad de las condiciones de posibilidad de realización humana, y porque cada individuo viviera en un contexto social construido a partir de las bases de la razón, y por lo tanto de la justicia.

Lejos de mostrarse como un autor galante, Poulain muestra una honda preocupación al afirmar que en su época: “Cuando un hombre habla a favor de ellas, la gente imagina de inmediato que lo hace por galantería o por amor”(2). Los sentimientos son inherentes a la razón, pero estos sentimientos no deben de prevalecer sobre la propia racionalidad, la verdad, alejada del prejuicio y del interés, es el mejor aliado para la justicia.
En este sentido, la crítica de Poulain al prejuicio es significativa, llevando, como ya hemos comentado, esa lucha contra la mera doxa interesada o irreflexiva al campo de lo social. La utilidad de derribar los prejuicios no solo reside en las áreas del conocimiento especulativo, en la reforma de la ciencia humana, sino que también debe de motivar el cambio del marco de las relaciones humanas.

Así lo expresaba nuestro autor:

“Habremos contrastado las condiciones de posibilidad, no solo lógicas sino pragmáticas de [la] lucha contra el prejuicio ampliado (…) al ámbito de la praxis social (…) El prejuicio (…) está arraigado en intereses, configura actitudes, troquela conductas y determina ofuscaciones: no basta con argumentar (…) La reconstrucción de los argumentos y de la tópica del adversario [es] algo más que un ejercicio teórico (…): la liberación del interés de la razón frente a las razones de los intereses ha de ser objeto de convicción capaz de reorientar las voluntades y de compensar las inclinaciones contrarias (…)”.

Así Poulain, como buen cartesiano, desmonta a través de las pautas clásicas del racionalismo, el discurso misógino de su época, y por lo tanto, la creencia tan extendida de la inferioridad de la mujer. Bajo la máxima de la regla de la verdad cartesiana, conforme a la cual nada puede admitirse como verdadero si no se sustenta en ideas claras y nítidas, De la Barre argumentaba:

“(…) la inferioridad de las mujeres, fundada en un prejuicio y en una tradición popular, es falsa (…) ambos sexos son iguales (…) las mujeres son tan dignas, tan perfectas y tan capaces como los hombres. Esto sólo puede establecerse refutando tanto al vulgo como a casi todos los sabios. (…) Puesto que las creencias vulgares no tienen más sustento que la costumbre y las apariencias superfluas, la mejor manera de combatir el prejuicio consiste en comprender la manera en que las mujeres han sido sometidas y excluidas de las ciencias y de los cargos. Para poder reconocer que ellas poseen características que las hacen iguales a los hombres, hay que examinar las principales condiciones y situaciones de su vida”(3).

Por otro lado, y no menos importante es considerar la transgresora concepción de la religión y de la interpretación de los textos sagrados del clérigo francés, la cual resulta interesante y pertinente en nuestro análisis de su proyecto feminista. Poulain dejaba claro lo siguiente:
“Las Escrituras no dicen una sola palabra sobre la desigualdad, y puesto que sólo sirven como regla de conducta conforme a las ideas que proponen de la justicia, dejar a cada cual en libertad de juzgar el estado natural y verdadero de las cosas”(4).

La libertad de interpretar las escrituras, muy propio del calvinismo racional al que se le ha adscrito por much@s autor@s, y la teología feminista que desprende la sentencia anterior transcrita, no dejaban de ser desafiantes y problemáticas en aquel ambiente de conflictividad religiosa, en el que nuestro pensador tuvo que sobrevivir, ya que debemos de recordar que sufrió el exilio forzoso por sus posicionamientos heterodoxos.

Pero Poulain no se queda ahí e insiste en varias ocasiones que las mujeres tienen la misma capacidad que los hombres para ocupar el sacerdocio y todos los cargos eclesiásticos:

“No se puede demostrar que lo que ha alejado de esas tareas a las mujeres sea otra cosa que la costumbre. Ellas poseen entendimiento igual al nuestro, lo que las hace tan capaces como nosotros de conocer y de amar a Dios, y de incitar a otros a conocerlo y amarlo. (…) Las mujeres tienen en común con nosotros la fe. El Evalngelio y sus promesas no se dirigen en menor media a ellas que a nosotros. La caridad las contempla también en sus deberes, y si saben practicarla pueden enseñar públicamente sus principios” (…) Quienquiera que pueda predicar con su ejemplo puede hacerlo con más razón con las palabras. Cualquier mujer que una la elocuencia natural a la moral de Jesucristo sería tan capaz como cualquier hombre de exhortar, dirigir, corregir y admitir en la sociedad cristiana a quienes sean dignos de ella, y de apartar a quienes se negaran a observar sus reglamentos después de haber aceptado someterse a ellos. (…) Si los hombres estuvieran acostumbrados a ver a una mujer en el púlpito, no les afectaría más que lo que afecta a las mujeres el que esté en él un hombre”(5).

En La educación de las mujeres para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres (1674) Poulain despliega su ideario, el cual es expuesto por dos mujeres, Sofía (sabiduría) y Eulalia, y dos hombres Timandro y Estasímaco. Esta obra estructurada en 5 conversaciones (método típicamente platónico de tratado) estuvo dedicada, tal como expresa el autor, “a una joven muy inteligente que tiene el propósito de dedicarse al estudio”. Mucho se ha especulado sobre esta joven, que pudiera ser alguna mujer por la cual Poulain sintiera algo más que admiración, quizás una preciosa. Sin embargo, lo importante a este respecto es observar que en el pensador francés todavía pudieran observarse ciertas maneras paternalistas típicamente caballerescas. Como afirma Daniel Cazés en La educación de las mujeres para la formación del espíritu… “Eulalia había estudiado y reflexionado tan poco que aún la dominaban los prejuicios, y Poulain se había propuesto llevarla de la mano, paternalmente, por el camino de la ilustración cartesiana”(6).

Para terminar, como expresa también Daniel Cazés, una de las mayores contribuciones al pensamiento de Poulain de la Barre fue la de sostener como incuestionable que “los cambios propuestos a partir del pensamiento crítico jamás serán cambios sociales mientras el fruto de la razón no arraigue en las costumbres (…) en tanto no se vuelva cultura cotidiana”(7), es decir, acciones que se tornen incuestionables y que no requieran de justificación, se conviertan en lo que podríamos llamar en ideas y praxis consensuadas socialmente, algo que esté plenamente instalado en el imaginario colectivo.

Quizás Poulain tenga razón, sin embargo, en torno a la igualdad y el feminismo, los peligros constantes de retroceso siempre están presentes como bien sabemos, y más cuando un sistema de dominación determinado se readapta (el patriarcado), superando desgraciadamente la dialéctica histórica, perviviendo en síntesis (aufhebung hegeliana) constante. A pesar de los avances que ni Poulain de la Barre pudo llegar a imaginar, la síntesis sigue siendo patriarcal. Salir del juego dialéctico requerirá de que fructiferen innumerables contradicciones, tesis y antítesis, sin embargo, una visión teleológica de optimismo desmesurado no es ahora mismo el signo anímico de los tiempos, ya que muy lejos estamos todavía de conseguir la igualdad que Poulain fue pionero en idear.

Recordemos que Celia Amorós tituló así un artículo ya clásico “Cartesianismo y feminismo: olvidos de la razón, razones de los olvidos”(8). “Olvidos de la razón, razones de los olvidos”, en esta expresión vemos como la razón no fue garante inmediato del progreso ni de la igualdad, el optimismo ilustrado se quiebra en pesimismo a raíz de los retrocesos que vivimos y sufrimos en esta etapa ominosa de nuestra historia, ya que el racionalismo ha sido hegemónicamente patriarcal, el cartesianismo social e igualitario de Poulain fue desgraciadamente una excepción.

Quizás en nuestro autor se combinara aquel racionalismo provisto de una libertad e independencia portentosas, con una extraordinaria sensibilidad ante el sufrimiento y la injusticia. Lo primero le permitió insistir en la importancia del método y la lucha contra el prejuicio a través de la razón, lo segundo descender del idealismo cartesiano a la realidad social, y así tomar inusitada conciencia ante el sufrimiento de las mujeres de su tiempo. De este dualismo razón-empatía pudiera ser ilustrativa una sentencia del moralista y ensayista francés Joseph Jourbet con la que me gustaría terminar:
“La razón puede advertirnos sobre lo que conviene evitar; sólo el corazón nos dice lo que es preciso hacer”

Autor del texto: Jesús Espinosa Gutiérrez, Doctorando en Historia Contemporánea. Forma de contacto:  Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

______________________________________________________________
(1) Celia Amorós, “Presentación”, en Poulain de la Barre, De la educación de las damas para la formación del espíritu en las ciencias y en las costumbres, Ediciones Cátedra e Instituto de la Mujer, Colección Feminismos clásicos, Madrid, 1993, pp. 7-31, p. 15.
(2) François Poulain de la Barre, Obras feministas de François Poulain de La Barre (1647-1723), Edición crítica de Daniel Cazés Menache, Tomo II, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Diversidad feminista, 2007, p.12.
(3) Ibidem, p.14.
(4) Ibidem, p.9.
(5) Ibidem, p.108.
(6) François Poulain de la Barre, Obras feministas de François Poulain de La Barre (1647-1723), Edición crítica de Daniel Cazés Menache, Tomo I, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Diversidad feminista, 2007, p. 51.
(7) Ibidem, p. 48.
(8) Celia Amorós Puente, “Cartesianismo y feminismo: olvidos de la razón, razones de los olvidos” en Roberta Johnson, María Teresa de Zubiaurre (Coords.), Antología del pensamiento feminista español: (1726-2011), Cátedra, Universidad de valencia, 2012, pp. 462-474.

 

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