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Relatos de Hombres en camino hacia la Igualdad: Mis Cromosomas no tenían ni idea. PDF Imprimir E-mail
Escrito por Manuel Buendía Bercedo   




Mis cromosomas seguramente no tenían ni idea de que iban a nacer en una familia con mayoría de mujeres. Tendrían una expectativa más o menos amplia con un catálogo de opciones muy ilusionantes. Después, y gracias a la magia de la epigenética, según las circunstancias de la vida y lo que se encontrasen por el camino sobre la marcha se irían expresando unos cromosomas u otros. Por eso desde el principio viví con mucha naturalidad el que hubiera mujeres en todos los lados.

Supe con seguridad desde el principio que las mujeres podían llegar donde quisieran, conseguir lo que se propusiesen y hacer lo que les diera la gana con todo su derecho. Mis hermanas eran mayores. Hoy pienso que saber esto sirvió para empezar a jugar en este mundo con mucha ventaja.


Pues bien, cuando mi padre realizaba sus viajes de trabajo, me quedaba con mi madre, abuela, dos hermanas, varias amigas de las dos e incluso contábamos con una vecina de la otra buhardilla que siempre estaba en mi casa y nos enriquecía con unos sucesos vitales absolutamente increíbles. Me crié entre fogones.

En 1967 la Educación estaba segregada en colegios de chicos y colegios de chicas. Conmigo se hizo una excepción. Tuve la suerte de formar parte de una clase mixta de Parvulitos donde nos encontrábamos también cuatro o cinco niños. Era el mismo colegio de monjas de mis hermanas y daba clases allí una tía soltera. Casualmente era casi-mixta únicamente en esa etapa infantil. Supongo que el sistema hacía la vista gorda en unos pocos casos donde no veía demasiado peligro, al tratarse de un puñado de hombrecitos tan pequeños.

Recuerdo con mucha alegría aquel año que sus Majestades los Reyes Magos de Oriente nos trajeron a mis hermanas y a mí, el juego completo de peluquería de la Señorita Pepis. Era evidente que sus majestades no se atreverían a discriminarme a mí por ser chico. No siempre conseguía ser admitido para jugar con ellas, pero poco a poco iba aprendiendo un poco de mano izquierda. La estrategia de pertenecer sin hacer ruido y hacerme valer e intervenir. En este caso era muy fácil puesto que para poder jugar harían falta clientes de relleno y yo cumplía el perfil ideal.

¡Me pido ser cliente!

Hacer de la necesidad virtud es algo que he aprendido desde muy pequeño. El puesto de peluquero estaba muy reñido. Más adelante podría aspirar a ser una peluquera más acumulando los necesarios méritos aunque en este caso le veía muchas más ventajas a que te tocasen la cabeza. Con paciencia se termina consiguiéndo todo tarde o temprano.

Por cierto, todo eso fue antes de escuchar que los Reyes Magos eran los padres. Y no me lo debieron explicar muy bien, porque tardé un tiempo en averiguar que también eran las madres. Era lógico que me pasara eso. Lo hubiera resuelto enseguida si hubiese preguntado ante la duda o hubiera estado más atento, pero una de las cosas que se respira cuando creces en universos femeninos es una especie veneración asumida difícil de explicar, por las figuras masculinas de autoridad.

El lenguaje, los estereotipos, los juguetes sexistas, todo eso que hoy vemos desde los ojos de adulto, cuando se es niño o niña es mucho más fácil de normalizar e interiorizar. Juegas con lo que tienes al alcance de la mano. Puedes jugar y compartir con quien convives. A continuación te vas adaptando poco a poco a los fantasmas y caprichos de los adultos. No es el juguete en sí, sino el uso sexista del juguete en el que se confabula todo el sistema para inculcártelo. Con una amplia coeducación y la libertad individual suficientes, veríamos muchas más expresiones creativas, tanto de las niñas como de los niños. No apreciamos el potencial desperdiciado, ni valoramos la pedagogía sutil para reconducirlo todo a las expectativas de los niños y a las de las niñas, preestablecidas. Y respecto a la pedagogía de la autoridad y el respeto con ciertos tintes machistas ocurre lo mismo. Puedes estar en la gloria pero hay un dedo poderoso que te señala directamente a ti y te va preguntando constantemente qué haces ahí. Te va inculcando entre sobornos y castigos cuál es tu sitio.

Sin embargo yo quería jugar con ellas y esa ha sido la máxima más importante en mi vida. Daba igual jugar a la pelota como con mis coches, o volviendo a Pepis, con ese estupendo secador de pelo que tanto se parecía a la escafandra del astronauta que pisó nada menos que la luna. ¡Acertaste! Yo fui otro niño del “baby boom” que se quedó fascinado con la luna. Yo algún día llegaría a mi luna con la escafandra de la señorita Pepis.

También jugaba con chicos, no vayáis a creer que no. Venía muy a menudo a casa mi primo Fernando que era algo más pequeño. Discutíamos algunas veces por los asuntos cotidianos de las batallas. Entre los dos reuníamos una colección de madelmanes y de geypermanes, que eran unos famosos muñecos articulados. Se parecían más a las barbies que llegaron mucho después que aquellas otras muñecas con las que jugaban mis hermanas mucho más grandes, y más maternales. Fernando me pedía estar todo el rato peleando en las guerras. Yo sin embargo, veía mucho más necesario parar de vez en cuando para cambiarles la ropa ¡Todo el mundo sabe que los campos de batalla están muy sucios, y se manchan mucho! Eso sin contar que también hay que preocuparse en darles de comer, transportar los víveres, o buscar agua potable. Las pilas usadas de otros juguetes en varios tamaños eran los objetos que tenían ese cometido y había que cargar con ellas cuando peleaban en terreno montañoso.

¡El espejismo igualitario de jugar con niñas y con un primo menor que se dejaba asesorar en temas de conciliación duró muy poco! Me tuvieron que cambiar de colegio. Mi tía Elena, que era la sabia de la familia, la profesora del colegio, me explicó que Franco no me permitía seguir con las monjas ni ir al colegio con mis hermanas. De una u otra manera Franco tenía la culpa.
¡Y además todos eran chicos en el nuevo colegio! Un auténtico trauma infantil dirían ahora. No lo entendí entonces y mucho menos hoy. Puede ser difícil de creer, pero no sabía jugar al fútbol. No recordaba haberlo visto nunca en la única televisión en blanco y negro. Un televisor muy pequeñito con una sola cadena. Nadie me lo había explicado. Pues bien, el bautismo de malos tratos entre chicos fue ya el primer día. El primer recuerdo que tengo es que varios de mis nuevos compañeros se rieran de mí. Las burlas vinieron por ignorar el significado de la palabra empatar. Estaban en el patio jugando al futbol y me dijeron que iban empatados.

-¿Y eso qué es?, dije yo.

Con seis años ignoraba por completo el significado del verbo “empatar”. Esa es otra constante en mi vida. La curiosidad por saber y comprender ha seguido toda mi vida, incluso cada vez con más fuerza. Y algo más importante, procurando tener la precaución inconsciente de saber todo lo posible sin preguntar deduciendo las cosas, y teniendo mucho cuidado con no levantar susceptibilidades por las ignorancias ajenas. Eso es muy peligroso sobre todo con hombres.

Reconozco que aprendí a valorar y disfrutar la Naturaleza y sus ciclos biológicos, con los cromos de la colección de Bambi, aquella película de dibujos animados de la Disney que estrenaron hacía poco. Había poco dinero en casa, de eso también era consciente. Mis dos hermanas mayores tenían un álbum de cromos cada una, y yo no. Recuerdo perfectamente cuándo reclamé mi propio álbum de cromos ¡Vaya ejercicio de empoderamiento y autoafirmación diríamos ahora! Siempre he tenido buen conformar pero de vez en cuando hay que recordar que estás ahí y pedir directamente.

Uno de los primeros cromos que tuve me intrigó todo el tiempo. Era el cromo del padre de Bambi. Lo recuerdo sólo encima de una colina, muy arrogante, con la cabeza bien alta. Recuerdo que tenía una cornamenta que ocupaba más de medio cromo, tanto que casi no cabía. Me cayó mal desde el principio.
No entendía y no sabía a quién preguntar. Se perdía lo mejor, la amistad, el juego, la convivencia del día a día con Flor, Tambor y las madres. Se pasaba ausente todo el cuento y aparecía al final. Algo así diríamos hoy como reclamar la custodia del hijo cuando el bosque se quema y la madre se muere.

- ¡Vaya idiota, abuela!- le decía.

A mi abuela le hacían mucha gracia esas ocurrencias cuando le contaba a veces cosas así, como a la mayoría de las abuelas, y eso que la mía no reía mucho. Tenía fama de mujer dura. No pude conocer a ninguno de los dos abuelos. El padre de mi padre murió en la cárcel por culpa de Franco. Al padre de mi madre se lo llevó un cáncer por fumar.

Me gusta mucho reír, pero os aseguro que nunca me han hecho gracia ninguna de las tres cosas, ni abandonar a los hijos o hijas, ni el tabaco, ni Franco.

Mucho habría que decir de los superhéroes que leen niños y niñas. Pero cualquier cosa puede tener nuevas o diferentes lecturas ¿Porqué no? Lo importante es poder crecer sin presión social, con mucha imaginación. Me gusta la imaginación. A modo de ejemplo recuerdo que me daban cierta angustia el Jinete Escarlata o Superman. Hacer el bien está muy bien pero nunca he entendido que hubiera que esconderse para eso. Recuerdo la sensación de estar algo preocupado por ellos por el hecho de tener que mantener una doble vida. Sus vidas normales me parecían suficientemente interesantes. Ser periodista está muy bien. Estaba guapo con las gafas, yo tenía unas, y seguro que si le decía la verdad a la chica ella estaría encantada ¿Por qué era tan necesario hacer trampas o esconderse?

Siempre he huido de las peleas. Nunca me han convencido los superhéroes. Cuando jugábamos por ejemplo en el patio del colegio a Arturo y los caballeros de la mesa redonda, cuando tenía la oportunidad y no era fácil puesto que siempre intentaban quitarme la idea, yo me pedía… ¡Merlín!

Con diez años me nació otra hermana. Mi madre trabajaba en casa y desde casa como modista. Tuvo la inteligencia y la sencillez de una buena mujer, para pedirme ayuda.

-¡Hijo mío, un bebé lleva mucho trabajo y voy a necesitar colaboración!

-No te preocupes, mamá, ¡yo me encargo de todo!

Fue un suceso que cambió mi vida. Adquirir responsabilidades es la mejor fuente de crecimiento. Aprendí los secretos de la alimentación, del sueño, de la sicología evolutiva, con el complejo de Electra incluido. Eso lo aprendí cuando lo consulté tras escucharle a mi hermana decir con cinco años y yo quince que quería casarse conmigo. Llevaba a mi hermana del brazo o en el cuello todo el rato.

Mi madre y yo usábamos pañales antiguos de trapo. La publicidad de la tele decía que ya podíamos liberarnos de lavar trapos a mano y emplear los pañales de usar y tirar. Con los años averigüé que el invento de la celulosa traería numerosas aplicaciones ¡Y a mí que me parecía divertido hacer el triángulo y usar los imperdibles!

Recuerdo que me gustaba salir a la calle con la silla de paseo, yo sólo. Supongo que en 1974 llamaría la atención ver a un niño de once años empujando un cochecito por la calle y sin ningún adulto. Me cuesta entender que me dejaran, Franco estaba ya muy malito como para meterse conmigo. Cuando pido explicaciones, me dicen siempre lo mismo:

-¡A tu hermana la criaste tú! ¡Y eras tan responsable…!

Cuando tuvo ella más de dos años ya podíamos ir andando a la playa de la mano. Por fin podía parecerme a un auténtico superhéroe. ¡Era como Tarzán en las películas que tanto me gustaban! ¡Tenía mi propia mona Chita!

No dejó de ser nunca así. Aún me paro por la calle con alguna mamá del colegio. Hoy diríamos que eran compañeras de trabajo reproductivo, cuando iba a llevar a mi hermana, o a recogerla. Y respecto a las que eran niñas entonces, es muy agradable charlar con mujeres de más de cuarenta años, compañeras de clase de mi hermana, que me recuerdan con mucho cariño. Para ellas siempre seré el payaso de las fiestas de cumpleaños o de los columpios del parque.

Pues bien, un multitud de anécdotas. Tenía muy asumido el papel de padre soltero. Todos los años siguientes, durante la adolescencia, las chicas que quisieran estar conmigo tenían que fastidiarse y aceptar el paquete completo. Un joven con cargas familiares. Todos mis amigos y amigas la conocían y contaban con ello. Tuve un amigo del alma varios años. Compartíamos casi todo. Los dos como una pareja de hecho a menudo la llevábamos a la playa o al parque. Cuando ya tuve novia fue más de lo mismo. En este caso era el cine, las ferias o ayudarle en los deberes.

Mi abuela vivió casi cien años. Fue una de esas mujeres de hierro que nació a finales del siglo XIX. Caminó más de doscientos kilómetros por las vías de un tren para escapar y así rebelarse de una prohibición paterna. Su padre de ella no consentía que tuviera novio. Se había hecho cargo de su padre y sus hermanos cuando quedó huérfana de madre. Al morir la madre, la costumbre de Castilla obligaba a que la hija mayor la sustituyera en ese papel. Pasó de trabajar el campo a ocuparse de la casa y los cuidados de su padre y hermanos. Por eso no podía tener novio. Por eso se escapó. Era 1914, un año de mucha gripe me explicó ella. Fue a la capital a servir a una casa por amor. Los años veinte del pasado siglo fueron tiempos un poco locos pero tiempos de muchos cambios, me contaba ella.

Algo muy grave debió ocurrir en la sociedad, quince o veinte años después para que tras otros cincuenta años negros por la viudedad y por otros motivos, la misma persona de la que estamos hablando pensara que todas las mujeres debían cubrirse la cabeza para ir a misa. ¿Qué ocurrió me preguntaba? Yo lo tenía muy claro. Entre escuchar a mi otra abuela y que yo era un poco listuco, sabía que la culpa de todo eso la tenía que tener Franco.

Pues bien, lo que no tengo muy claro aún es quién cuidaba a quién. Supongo que nos cuidábamos recíprocamente. Aprendí a valorar eso y a creérmelo. Aprendí a valorar la belleza de un cuerpo viejo, el paso del tiempo y sus consecuencias. Aprendí a escuchar las historias, que eran del siglo XIX y todo lo que perdimos en Cuba.
Estoy seguro de que una clave del futuro en las relaciones de género, será la convivencia armoniosa de cuatro o cinco generaciones a la vez. Los hombres especialmente tenemos que incorporarnos sin falta a todo eso, incorporarnos a los cuidados, conquistar los fogones. No podemos perder más tiempo.

Pero, ¿cómo conciliaba esta vida personal y familiar con mi vida laboral, que en este caso era el colegio?

Protegido tras mis gafas, una cierta mansedumbre y buenas notas. Esos fueron los ingredientes suficientes para crecer sin demasiados problemas. Dicho en otras palabras, gafoso, cobarde y empollón. Hoy lo tengo más claro. Hoy sé que es mucho mejor ser el periodista de las gafas que el de la capa. Los mansos y las gallinas hoy lo tenemos mucho mejor. Y por supuesto que el saber ocupa lugar pero si te las apañas bien hay sitio suficiente, espacio casi infinito para rellenarlo de todos los trofeos de la curiosidad.

Mi lugar de trabajo era un colegio de curas. Aprendí a jugar al fútbol pero aparte de aprender hasta el fuera de juego, también aprendí que no era necesario jugar si no querías. En el colegio había un jardín y la famosa Gruta de la Virgen. Pidieron voluntarios para cuidar las plantas, proveer de flores a la gruta y hacer de monaguillos.

-¡Era mi sitio, no cabía duda!- me decía para mis adentros.

Hoy comprendo que la autoafirmación puede tener variadas caras y no es tan fácil de mantenerse en lo que uno mismo aspira. Hay que pasar miedos y afrontarlos. Insistí en dicha tarea a pesar de recibir la presión claramente homófoba de algunos de mis compañeros.

-¡Estar en el jardín es cosa de los maricas!-decían otros.

Yo por aquel entonces pensaba simplemente que no tenían razón, porque yo no lo era. Al menos no era nada de lo que tuviera que avergonzarme. No entendía.

Hoy sé muchas más cosas. En primer lugar, que mis gafas son violeta e inclusivas. También sé que no hay determinismo entre cualquier actividad y un tipo u otro de orientación sexual, salvo que se provoque culturalmente o se construya. Construir una masculinidad machista y sexista lleva mucho trabajo. Hoy creo que es mucho más fácil crecer de una manera sana y natural, basta con no cargar con lastres envenenados. Y lo más importante, aprendí que la convivencia y el conocimiento mutuo son los que logran el cariño. Eso cuando se vive, se transmite y se contagia.

Por tanto, aquellos amigos sinceros de la infancia, la mayoría de los compañeros del jardín homosexuales, me regalaron un beneficio personal muy alto y para siempre. Cuando veo desfilar en el día del orgullo gay, suelo pensar que los hombres y mujeres heterosexuales debiéramos expresarnos con una carroza. No es necesario ser familiares. Sin quitar protagonismo también debiéramos expresar el orgullo de haber tenido, o expresar el orgullo de tener, buenos amigos LGTBI. Así de sencillo.

Además en cierta forma, se podría decir que durante esos años los pasé protegido por la Virgen. Tuve la coartada perfecta para no hacer otras cosas de chicos. Recuerdo perfectamente al matón de la clase que obligaba a los demás a ir donde la Gloria. Ese era el nombre de la dueña de la tienda de chucherías próxima al colegio donde compraban cigarrillos sueltos. Yo pasaba miedo. Recuerdo que me escondía en el cuarto de baño o en la gruta a rezar para que no me pillaran. Supongo que también lo hacía por mi abuelo.

También recuerdo otras ocasiones o motivos para esconderme de mis compañeros. Jugaban en grupos a perseguir a los más flojos. El juego consistía en decir un nombre en alto. En ese momento se formaban cuadrillas espontáneas que perseguían al compañero nombrado. Una vez acorralados contra la tapia del patio, nos escupían o daban collejas. Ritos visibles o invisibles de violencia simbólica en el aprendizaje de la masculinidad dominante. Unos años después las cuadrillas se formaban entre aficionados neonazis de CEDADE, una asociación fascista de la época. El entretenimiento consistía en buscar peleas con los gitanos de un barrio de las afueras. Por aquel entonces ya pasaba menos miedo, comenzaban mejores tiempos…

Los primeros años de la Democracia supusieron un entusiasmo colectivo, un cúmulo de despertares, los sexuales y otros personales incluidos, que yo no he vuelto a vivir.

¡Ocurrió un suceso importante: una hermana me salió feminista radical! Mientras mi madre hacía sujetadores o bañadores a medida, puesto que los pechos tenían que ir completamente cubiertos, al mismo tiempo algunas amigas de mi hermana se los quitaban y los quemaban. ¡Qué aparente paradoja simbólica! Yo lo vi un día en la tele.

Pues bien, en esos años mi hermana se fue de casa, y prefirió irse sin mucho peso, por lo cual me dejó al cuidado de un especial tesoro: era la particular biblioteca de las mujeres de mi hermana. Así, Doris Lessing, Firestone, Virginia Woolf, George Sand, Simone de Beauvoir, o Flora Tristán, fueron lecturas por casualidad durante esos años.

No tengo ni idea cómo valorar o cómo pudo influir en mi propia experiencia sexual o ideológica contar a los catorce años con fragmentos de lecturas como El mito del orgasmo vaginal de Anne Koedt, o el Informe sobre sexualidad femenina de Shere Hite. A dicha autora por cierto he tenido la oportunidad de seguirla con mucho interés en cierto periódico y admirarla posteriormente durante años. Se me mezclan algunos datos y los recuerdos pero lo más importante es la sensación de privilegio, de hombre adelantado a mi tiempo. Es como volver a pisar la luna.

Me tocó hacer el Servicio Militar Obligatorio tras el paso por la Universidad, con lo cual me pilló con más años que la mayoría de mis compañeros sin estudios. Es un anacronismo obligar a todos los hombres a pasar por el aro. Y supone un filón de anécdotas con clave de masculinidades que procuraré no aburrir y resaltar únicamente varias bobadas que vienen a cuento.

Hacer la mili en el botiquín, como soldado-médico, tenía sus privilegios. Dormía en dicho botiquín, liberado de armas, con otras seis camas para los compañeros que estaban lesionados o enfermos, y que necesitaban por tanto de mis cuidados y mucho reposo. Esas camas yo mismo me encargaba de tenerlas siempre ocupadas. Fueron la mejor compañía. Tenía que hacer guardias seguidas de 24 horas por lo que me era imposible salir del cuartel, salvo los largos permisos que aprovechaba para regresar a mi casa de Santander.

En seguida entendí, por propia supervivencia, que una parte muy lesiva del machismo, es la violencia de la jerarquía entre machos, igualmente que lo experimenté en el colegio también en la mili y donde se relacionen hombres solos. Mucho más si se añaden otras jerarquías por lo que la repercusión perniciosa de las normas era enorme, unas estaban escritas y otras no.

En cambio el ser soldado raso y querer prescindir voluntariamente de tener compañeros a mi servicio, que se ocupasen de limpiar y ordenar el botiquín, por ejemplo, o que hiciesen de enfermeros, entre otras cosas, sirvió para ganarme el respeto de mis iguales. Fue una idea muy inteligente y muy práctica.

Y a su vez, así podía ocuparme personalmente de tenerlo todo muy reluciente. No olvidemos que un botiquín tiene que estar higiénico. Eso podía mantener a raya a los oficiales, y por ejemplo con un criterio de autoridad invitar a que no entraran con las botonas sucias sobre todo cuando estaba recién fregado. Descubrí así la gran fuerza simbólica del palo de la fregona en el marco de una puerta, o del poder relativo cuando se controla un espacio. Lo estaba fregando constantemente para mantenerlos a raya.

Otro privilegio exclusivo consistía en recibir visitas de familiares de los enfermos. Personalmente llamaba por teléfono a las casas, y les invitaba a venir. Muchos compañeros eran voluntarios de 18 años, residentes en la misma ciudad. Así tontamente disfrutaba del oasis que suponía el único espacio del cuartel donde había mujeres. El único espacio legal, puesto que las prostitutas que frecuentaban el cuartel nadie reconocía su existencia aunque era algo más que evidente.

Salía a recibir a la puerta a las mamás y a las abuelas. Nunca vinieron padres o abuelos ¡Una auténtica gozada! A menudo traían postres, se formaban agradables tertulias. El objetivo era hacerles creer que les cuidaba como ellas, que sus niños estaban como en casa. Estamos hablando de los 30m2 de mi casa durante ese año, hablamos del año de la guerra del Golfo de 1990.
El experto en cine del cuartel, responsable del videoclub, muy dado a los estudios sociológicos, tenía una hipótesis muy elaborada de los gustos de los mozos.

-¡Manuel, de cada tres películas que se pueden escoger, una tiene que ser pornográfica, otra ha de ser bélica o con mucha violencia, y la tercera… de todo lo demás! ¡Qué razonable ecuanimidad! Nunca lo olvidaré.

Esta conclusión tan sabia y ponderada me dio una idea. Mi espíritu científico y el aburrimiento hicieron que me apeteciera realizar un trabajo de campo.

Una tarde entre tres compañeros pasamos una encuesta por todo el cuartel con solo dos preguntas:

-¿Qué preferirías que te cortasen, la lengua o el pene? ¿Por qué?

¡Qué lastima no conservar los resultados! Recuerdo que salió más o menos por igual, quedó empatada. Una de las razones que se repitió bastantes veces fue que preferían prescindir de la lengua porque para hacer eso no se necesita hablar. Cuestión de prioridades.

Tuve dos consecuencias esa tarde. La primera fue que entre la investigación científica y las películas, me vi improvisando un consultorio sexológico medio en serio medio en broma que me tuvo bastante entretenido, entre analgésicos, vacunas y vendas. La segunda consecuencia fue verme sometido poco menos que a un Consejo de Guerra. Tuve que dar explicaciones de para qué hacía ese tipo de cosas. Qué poco sentido del humor hay a veces, y menos en el ejército.

Sin embargo, lo que no me hacía nada de gracia era el coctel de hombres solos, aburridos sin nada que hacer a los 18 años, bajo presión y hostilidad, y con el alcohol muy barato. Casi todos los días me traían arrestados aquellos que venían de la calle completamente borrachos.

Ha pasado mucho tiempo de estos episodios y hemos avanzado sin ninguna duda en temas de Igualdad. Queda ya muy lejos cuando unos pocos estudiantes de medicina, nos empeñábamos en animar a los primeros papás a estar presentes en el parto de las hijas e hijos. A esos primeros que tenían la intención de participar recuerdo que les advertíamos de que se fijaran en un indicador muy infalible: era cuando la enfermera proponía ir a tomar un café, con la confianza de que les llamarían cuando fuera la hora. Era el momento justo de no movernos de allí, no se podía caer en la trampa, seguramente ya habría dilatación y se comprende la intención de quitarnos de en medio por si acaso. Otra forma Darwinista de seleccionar a los más motivados.

Años después, cuando me tocó ser padre yo fue más habitual y fácil. Esa hora simbólica de la espera también es importante para elaborar el apego del hombre hacia esa responsabilidad que cambia la vida.

Recuerdo con pánico y vergüenza los días que me permitieron en 1993 entrar y acompañar en varias de las sesiones de preparación al parto. No olvidaré esa sensación de hostilidad, o incomodidad, o extrañeza según los casos, de más de 20 mujeres embarazadísimas en el suelo, resoplando y yo el único hombre. La comunicación no verbal en ese caso puede ser tan ruidosa como un estadio de Fútbol. Me imagino que se parece a la soledad sepulcral de muchas mujeres que han experimentado escenarios muy masculinizados y son conscientes de que están inventando la historia, o de nuevo pisando la luna.

Mi preparación particular se completó repasando los apuntes de obstetricia o ginecología. O asistir a una charla incluso tomando apuntes sobre sillas, ropitas de algodón o biberones de una empresa privada cuyo nombre empieza por “pre” y termina en “natal”.

Tanta preparación por consiguiente había que concentrarla para ese día. Asistir al parto es la mejor manera de empezar bien y asumir responsablemente todo lo que se avecina. Por cierto, me encapriché con una mochila delantera. Me sirvió para tener la oportunidad de experimentar el peso de 5 y 10 kg en el abdomen durante meses. Algo así como tener una pequeña idea aproximada de lo que podía haber sentido ella unas semanas antes. Recuerdo numerosos momentos con la bolsa de la compra en la otra mano. Lo rememoro con mucho cariño. Me sentía ya entonces un pionero y un privilegiado. Experimenté que mis latidos eran igual de válidos que los de una mujer para que un bebé indefenso se durmiera inmediatamente. Agradecía que hombres y mujeres te cedieran su asiento en el autobús. Es más fácil verlo ahora que hace veinte años. Muchas lunas he tenido que pisar…

Pues bien, la actitud hoy de todas las partes ha mejorado. También hay más enfermeros, hay y habrá más hombres dispuestos a trabajar sus emociones y vivir todo esto, y sobre todo habrá muchas más mujeres que necesiten compartir y delegar. El empoderamiento femenino (tanto económico, político, como de actitud personal…) y la solvencia de las mujeres en la educación con el consiguiente acceso a todos los empleos, son razones contundentes e irreversibles que lo van a revolucionar todo mucho más a partir de ahora. Me gustaría, y sinceramente lo espero, que los aparentes pasos hacia atrás sean solo para coger carrerilla, que sean por espacios muy breves. No puede volver Franco, ¿no os parece?

Al mismo tiempo, queda aún muchísimo por avanzar en la Igualdad efectiva y real entre mujeres y hombres, pero he decidido dejar de quejarme por haberme sentido a veces desubicado como hombre. Somos hombres en construcción. Siguiendo con el estilo de actualizar los cuentos clásicos, os informo de que el patito feo vivió estupendamente toda su vida con los patos de siempre. Es un cuento muy conocido que no necesita explicación ¿Queréis saber porqué? La clave la tienen saber qué tipo de hombre quieres ser y los cisnes-party, es decir reunirte con otros como tú.

Agradezco mucho a los compañeros de AHIGE todo lo que compartimos. Tenemos la tarea común de caminar en un proceso de liberarnos del machismo, tarea que nos llevará toda la vida sin duda, e intentar desentendernos de ese modelo patriarcal de masculinidad que hemos sufrido en multitud de ocasiones y que ya no queremos. Y además hacerlo con el corazón. Una vez hecho eso, con el menor lastre posible, colaboraremos mejor con las mujeres en la búsqueda de la Igualdad. Es por nuestro propio bien y por el de ellas.

Episodios con ciertas rarezas tendré siempre. Haber tenido una despedida de soltero mixta (con los amigos y amigas de las dos partes), o haber preferido siempre jefas, incluida la tercera hermana que es empresaria y que hasta ahora no había nombrado. Haber disfrutado de media jornada para implicarme algo más en la crianza de la hija y el hijo propios. Haberme sentido públicamente amo de casa en periodos sin empleo, con sus más y sus menos. Haber tenido claro siempre la importancia que tiene respaldar sin protagonismos la carrera profesional de la pareja, con sus más y sus menos.

El trabajar durante años en diferentes actividades con una perspectiva integral de género y tener la intuición o la responsabilidad de implicar a los demás hombres en dicha tarea. Realizar un Master de Igualdad de Género casi abuelito con cuarenta y cinco años para ampliar el campo profesional, en épocas de crisis. Pues varias de estas facetas y muchas más las dejaré para otro momento ¡Esas y otras muchas lunas que pisar!

Pero insisto, decido que no me voy a quejar más. Me he reconciliado con los hombres, con los distintos tipos de hombres. Y me he reconciliado con mi propia identidad, con sus luces y sus sombras o limitaciones. Si acaso me quejo de que no me salen las paellas tan ricas como a mi padre.
Cualquier desierto de arena al borde del mar se puede convertir en playa. Únicamente hace falta tener un poco de paciencia y esperar a que salga el Sol. Las leyes aunque sean mejorables son necesarias. Y necesitamos ayuda del exterior para que no todo sea tan difícil.

En realidad nunca se está sólo. La familia es la mejor escuela de género. Qué lástima que muchos hombres que se limitan a imitar a otros hombres, o a copiar un modelo que ya está viejo, viven solos por dentro.

En este aparente desierto de la Igualdad entre mujeres y hombres, veo ya tumbonas, unos pocos bañistas, alguna sombrilla y hasta me parece estar evocando a Goofy, el vendedor ambulante de la playa, con su sombrero alto de cocinero, como hace más de treinta años cuando le compraba chuches a mi hermana, gritando: chicles, pipas, chupa-chups, pataaaatas friiiiiitas!!!

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Autor: Manuel Buendía Bercedo
Santander 2 de Septiembre de 2014

 

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En Málaga las violaciones son “relaciones consentidas”
Una ola de asombro y estupor ha embargado a toda España, la que vive en el siglo XXI, claro, la otra está dilucidando si la tierra es plana o redonda,
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