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Relatos de Hombres en camino hacia la Igualdad: Extrañeza. PDF Imprimir E-mail


“Reconocer nuestra extrañeza y desde allí, relacionarnos de otra manera con las mujeres”

“Un buen puñetazo en el ojo”. Esto es lo que me decía mi hermana que tenía que hacer cuando de pequeño alguien se metía conmigo en la escuela. Mi escuela era sólo de niños (eran otros tiempos) y las relaciones se hacían a golpes de piedra, a peleas que acababan rodando por el suelo.

Alrededor de los dos niños que se pegaban se formaba un círculo de otros que los animaban. Y a quienes, como yo y algunos pocos como yo, no lo entendíamos y nos manteníamos al margen, nos llamaban “bailarinas”. Eso nos llamaban y sólo porque no compartíamos esta manera de hacer y nos gustaba hablar. Nos reuníamos para hacer experimentos de química con reactivos que robábamos del laboratorio del colegio; construíamos un avión de madera porque teníamos curiosidad por conocer y cosas raras por el estilo. Pero en el patio estábamos en la orilla, incluso preferíamos jugar a baloncesto en lugar de a fútbol. ¡Estábamos al margen!

Por eso, desde que recuerdo, mi sensación en las relaciones con la mayoría de los chicos de mi edad siempre ha sido de “extrañeza”. A eso contribuía el hecho de tener un padre a quien adoraba, cariñoso, imaginativo, que jugaba con mi hermana y conmigo en la cama los domingos y que nos enseñaba juegos de habilidad. Se subía a una escalera de tijera y desde allí se inventaba y explicaba cuentos que escuchábamos embelesados mi hermana y yo y nuestros primos y amigos sentados en el suelo alrededor. Vi enseguida que era un tipo de padre muy diferente de los de mis compañeros. ¡Qué buen maestro de escuela hubiera sido! Pero esa su verdadera vocación se la frustraron su padre y mi madre porque, le decían, ser maestro no daba para vivir y montar una familia.

Esa frustración le había vuelto también bastante irresoluto y las decisiones importantes las tomaba mi madre, auténtica “jefa” de la casa. Mi hermana la imitaba. Cuando fui un poco más mayor, pasé por una etapa de rebeldía contra mi padre, pero siempre conservé un vínculo muy fuerte con él. 

Eso me marcó en mi identidad de género y por eso hoy estoy tan convencido de lo que importa tener desde pequeño un padre presente y cuidador. Además, él, por su miopía, no había llegado a disparar durante la guerra. Yo tampoco hice la mili por la misma razón y, si me hubieran llamado a filas, no sé cómo me hubiera movido en aquel ambiente tan machista. Nunca lo sabré.

Cuando, más adelante, ya mayor, me convertí en padre, ese fue un momento importante de mi vida como hombre. Me planteé cómo quería ser padre y allí se me removieron todos los recuerdos de mi infancia y adolescencia. Era profesor y ya sabía lo que era tener delante a personas que dependían de mí de alguna manera, pero eso era diferente. Me encantaba jugar, dar besos, estimular la imaginación de mi hija, ser estimulado por la suya. Por eso, cuando al separarme de su madre perdí durante un tiempo la relación con ella, sentí un dolor terrible. Y ese dolor, gracias entre otras cosas a una compañera formidable a quien debo muchas cosas, afortunadamente no derivó en mí hacia la misoginia o el antifeminismo, sino hacia una reflexión personal, hacia un trabajo de crecimiento interior. 

Recuerdo que durante algún tiempo, para mantener la relación con  mi hija, cada día la llamaba por teléfono para darle las buenas noches y contarle un cuento. Hasta que casi perdí la relación con ella. Les decía a mis amigas “es como si me hubieran cortado un brazo”. Este dolor fue mi revulsivo, me hizo pensar en cuál era mi papel con mi hija, pero también en el mundo.

Porque – y eso no lo aprendí de mi padre- me quedó una asignatura pendiente: ¿qué hacer con la rabia que las frustraciones me provocaban? Taponar la salida violenta, conservar la apariencia de buen chico estaba bien, pero a veces la rabia, como el agua contenida, busca salidas por caminos insospechados y sale cuando y donde no toca. Conocerme a mí mismo, saber expresar mis necesidades de forma clara pero sin herir, esta ha sido mi asignatura pendiente, compartida con otros hombres en grupos y en talleres.

Siempre había vivido en un mundo de mujeres. Y de mujeres poderosas. En el fondo, la figura de mi madre, la que toma las decisiones, está allí presente. Y a mí, en general, me interesaba el mundo de las mujeres más que el de los varones que tenía a mi alrededor. Tenía y tengo muchas amigas y menos amigos. Mi profesión me ponía en contacto con más compañeras que compañeros. Por eso me ha costado menos reconocer su autoridad femenina. Aunque por otro lado eso también en el día a día me haya puesto difícil relacionarme con ellas de igual a igual. O me ponía por debajo de ellas o intentaba hacerlo por encima. Sentía una atracción por ellas mezclada con un sentimiento de respeto a su diferencia, a su “misterio”. Luego he compartido este sentimiento con otros hombres. Pero algunas veces me han tenido que “picar” la cresta de gallo que me iba creciendo. ¡Qué fácil es esconder ese “miedo a su diferencia”  bajo el plumaje de la falsa superioridad! ¡Qué duro verse a sí mismo entonces como el emperador desnudo del cuento!

Por otro lado, el haber militado en el antifranquismo me había sensibilizado con las desigualdades e injusticias sociales, entre ellas las que sufren las mujeres. En la asociación de vecinos de mi barrio yo estaba en la comisión de educación y mi compañera en la de mujeres y nos contábamos uno a la otra lo que hacía cada cual. Desde muy temprano tuve, pues, contacto con el movimiento y los pensamientos feministas.

Era profesor de “Letras”, de Historia. La mayoría de mi alumnado eran chicas. Llegó un momento en que al llegar a clase saludaba diciendo “¿Estamos todas?”, y se reían. Tuve la suerte de compartir Instituto con compañeras y amigas profesoras feministas. Me marcaron profundamente. Me interesaba más lo que hacían ellas que lo que tenía que enseñar de la Historia protagonizada por hombres. 

Hasta que tomé la decisión de buscar en la Historia el rastro de otros hombres que también hubieran sido “extraños” en su tiempo. Me acuerdo, por ejemplo, del interés de mis alumnos varones cuando leíamos en clase una entrevista a Pepe Beúnza, el primer objetor político de conciencia que se había negado a coger el “petate” y hacer la mili en pleno franquismo. Para mí era (y es) un héroe y un referente. Luego vino la coeducación, las tutorías, la mediación escolar… Pero en el fondo la busca de otros referentes hombres está siempre ahí.

Y llegó un momento en que sentí la necesidad de encontrarme con otros hombres. Buscaba hombres que de alguna manera hubieran sentido esa “extrañeza” que yo también experimentaba. Cayeron en mis manos algunos libros; el primero de todos el de Elisabeth Badinter; más tarde, los de Victor Seidler y otros… Vi que ya otros habían reflexionado sobre este tema antes de mí y me sentí aliviado. Pero ¿dónde encontrarme con ellos?

En eso, oí que en Jerez se convocaba un Congreso titulado “Los hombres ante el reto de la igualdad”. Estábamos en 2001, y yo no conocía a nadie de este mundo. Me lié la manta a la cabeza y me planté allí. Ese fue el principio. Volví con algunas ideas que me bullían en la cabeza y habiendo conocido otros hombres y un movimiento con el que en gran parte me identificaba. La semilla estaba plantada.

En mi ciudad intenté por tres veces construir un círculo de hombres. Entré en contacto con el Instituto Gestalt, donde sabía que en los 90 había habido grupos, pero me dijeron que ya no existían. De esa negativa surgió la lectura, sin embargo, de los libros de Juan Carlos Kreimer, que me dieron muchas pistas. Seguía devorando otras lecturas, otros artículos que me llegaban por Internet. Y mi reflexión personal, acompañada por mi compañera feminista, me ayudó a mejorar la relación con mi hija, que había sido el desencadenante de todo mi proceso. 

Mi deseo de entrar en contacto con otros hombres que sintieran algo parecido a mi extrañeza era tan vivo que, al fin, el 2003, con motivo de la celebración en mi ciudad de un Simposio sobre masculinidades, lancé la idea de crear un círculo de hombres. Este ha sido el círculo que hasta hace poco se ha ido reuniendo hasta ahora semanalmente. Luego, llevado por las emociones compartidas, he contribuido a impulsar otros grupos. Y es que he ido conociendo a otros hombres que necesitaban lo mismo que yo: entrar en contacto con otros que sientan esta misma “extrañeza” y desde allí, relacionarnos de otra manera con las mujeres, no sólo de forma igualitaria sino también reconociendo su autoridad (que no tiene nada que ver con su poder). 

Las relaciones dentro del círculo de hombres me enseñaron a hablar desde mí. Vi que hombres de edades diferentes teníamos mucho en común. Al fin y al cabo eso es el género, ¿no? Y luego esta manera de hablar me hizo cambiar mi manera de mirar el mundo. Por ejemplo, como profesor, en vez de querer “imponerme”, como inútilmente pretendían mis compañeros, descubrí que conectaba mejor con las chicas y los chicos si admitía mis errores y mis debilidades, si les pedía ayuda. Me acuerdo cómo cambió una clase de 3º de ESO muy conflictiva el día que, con el corazón en la mano, les dije que tenía problemas de sordera y que me ayudaran. Experimenté lo fuerte que uno podía ser desde el reconocimiento de las propias debilidades.

El grupo de hombres iba funcionando a nuestra manera. Lo llamamos “sopa de hombres” y cada día el gusto de la sopa era diferente, porque sus ingredientes variaban. ¡El eterno tema del compromiso! Un día vino Antonio García a mi ciudad. Yo ya lo había conocido en Jerez, pero no fue hasta entonces que me planteé el dar un paso adelante y asociarme. Luego vinieron unas experiencias imborrables: los encuentros de hombres y mujeres de Fuente de Piedra, organizados por AHIGE, donde se puede decir que toqué con las manos un mundo en el que hombres y mujeres se relacionaran de forma igualitaria, con respeto, con confianza. Los dos encuentros en los que participé cambiaron mi vida.

Pero, una vez vuelto a casa, yo era el único asociado. Más adelante se fueron uniendo otros compañeros. Nos fuimos organizando. Se multiplicaron las charlas, los talleres, fuimos consolidando el equipo de trabajo.

Pero yo, en lo más íntimo, quiero recordar siempre de dónde vengo, por qué estoy aquí. Quiero tener presente mis inseguridades, mis preguntas, mis dificultades de relación. Quiero hacer este camino con otros hombres, compañeros de viaje y con otras mujeres. Por eso estoy aquí. Y si alguna vez se me sube a la cabeza el reconocimiento, quiero que esta reflexión, que esta pregunta me vuelva a surgir desde dentro: “recuerda de dónde vienes y por qué estás aquí”.

____________________________________________________________

[1] BADINTER, E. (1993)[1992]: Xy, la cuestión masculina, Madrid:Alianza.

[2] SEIDLER, V. (2001); La sinrazón masculina. Masculinidad y teoría social. Buenos Aires:Paidós [The unreasonable men. Masculinity ans Social Theory, Londres: Routledge, 1994]

 

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