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Escrito por Juanjo Compairé   

Alrededor del libro de Luciano Fabbri (2013), Apuntes sobre feminismos y construcción de poder popular, Rosario (Argentina): Puño y letra, col. «En las calles y en las camas».1

Este libro tiene cuatro prólogos, que explican un poco el contexto en el que el libro ha sido concebido. Uno del propio Luciano (Lucho), que explica que su origen viene de la tesis de grado del autor, que data del 2008, enriquecido por años de militancia en diversos movimientos sociales emancipatorios argentinos.

Otro de los varones Puño y letra, editorial cuyo primer volumen es este libro, que se sienten a Lucho como uno de ellos en la tarea de construir un «feminismo revolucionario» que los interpele como varones. Otro del colectivo feminista Malasjuntas, que llaman a los que denominan «una izquierda degenerada» (entiéndase bien este adjetivo) para que integren la visión feminista como transversal en el proyecto revolucionario. Y, por último, uno del Colectivo de Varones antipatriarcales, que representan un intento de repensarse los hombres desde una perspectiva de cambio, a partir del análisis de las relaciones interpersonales y de dominación.

Se trata, pues, de una obra académica, con innumerables citas, pero también de una obra colectiva, que se plantea cuestiones a partir de las prácticas políticas surgidas de los movimientos alternativos y emancipatorios. Su voluntad es clara: no hay proyecto de cambio social desde la creación de poder popular sin el aporte de los feminismos. El problema es, pues, cómo incardinar las reflexiones y prácticas feministas de forma global en los otros actores del cambio. No se trata de una mera yuxtaposición, sino que articular perspectivas para la superación del sexismo, al propio tiempo que nos planteamos la superación de los racismos y de las opresiones de clase.

Para ello el autor saca las tripas a varias categorías clave: los análisis sobre el «poder»; sobre el «género» (y lo que ha venido en llamarse «sistema sexo-género»); sobre el «patriarcado» y sobre su relación con el sistema capitalista. A lo largo de estas páginas, de lectura muy divulgativa, intenta poner las bases para la pregunta clave con la que hemos titulado esta reseña.


Considera la construcción del poder popular como el conjunto de prácticas de autoorganización y de autonomía de las clases populares (sin que en este momento este concepto sea tan claro como en épocas pasadas, a consecuencia de la dispersión de las clases subalternas en la fase neoliberal del capitalismo). Las aportaciones que pueden hacer algunos feminismos a esta construcción son, según el autor, en primer lugar, la construcción de un movimiento autónomo, capaz de ser contrahegemónico, que politice las relaciones en los ámbitos de vida cotidiana, borrando las barreras entre lo público y lo privado. En segundo lugar, lo que el autor llama «lucha prefigurativa»; es decir, la capacidad de ir creando ya nuevas formas de vida armónicas e igualitarias como «prefiguración» de la sociedad futura. Y en tercer lugar, las «prácticas pedagógicas» que, partiendo de las subjetividades y las emociones, se planteen su transformación, coherentemente con el lema feminista por excelencia, de que lo personal es político.

Acaba, pues, el libro, anunciando la necesidad de la confluencia de los feminismos con las otras corrientes idearias liberadoras. Pero esta articulación aparece como conflictiva. Conflictiva por las resistencias de las viejas formas de análisis (entre ellas los marxismos clásicos). Pero también por la crítica interna dentro de los feminismos. El autor obvia determinados feminismos, que considera liberales. Además, hace continua alusión a la necesaria descolonización de los feminismos latinoamericanos (que él denomina «nuestros feminismos»), que están en camino (siguiendo en eso la ruta de los feminismos negros norteamericanos) de denunciar una determinada actitud «racista» o «colonial» de algunos feminismos eurocéntricos. Plantea también con toda crudeza la deconstrucción de los feminismos «binarios», recogiendo las aportaciones de la teoría «queer» y de las obras de Judit Butler.

El libro no se libra de la añoranza de un «bloque» anticapitalista, aunque se trate de un bloque no uniforme, con dialécticas y contradicciones internas. Pero en definitiva «un bloque», no una «amalgama» de movimientos.


Anotaciones sobre los «Apuntes...».

Llama la atención que, a pesar de que -como hemos señalado al principio de esta reseña- el libro está escrito a partir de las experiencias de algunos grupos de varones (en relación, eso sí, con grupos de mujeres) el libro apenas da cuenta de las reflexiones (ya muy abundantes en los diversos colectivos, grupos, coloquios latinoamericanos) alrededor de las masculinidades. Apenas un par de páginas -de un libro de más de 200- tratan del tema. Pero creemos que no se puede armar una alternativa al capitalismo sin analizar las raíces de este sistema social y económico en los modelos de dominación que se relacionan con las masculinidades hegemónicas.

En un contexto como el de América Latina, con dinámicas de violencia -tanto macro como micro- y de exclusión, donde el sexismo se articula con el racismo y el clasismo, no podemos poner en marcha un proyecto emancipatorio sin repensar las vidas y las condiciones de los hombres latinoamericanos, desde sus vivencias corporales (incluyendo las sexuales) hasta sus perspectivas personales marcadas por los mandatos de género. El libro apenas profundiza en este campo.

Hay otra cuestión de fondo que antes apenas hemos apuntado. Es el campo semiótico y simbólico en que se mueve el libro. A pesar de que en diversos momentos se alude a la superación de los conceptos binarios, el texto de Lucho contínuamente se mueve dentro de ellos, utilizando un léxico de oposición («militancia», «lucha», «anti-», «contra-»). Quizá un cambio social deba comprender también un cambio de referentes (lo que significaría, en términos de Luisa Muraro entrar en el «orden simbólico» materno, superador de los antagonismos).

Tampoco se alude en todo el libro a las relaciones económicas. No se citan las formas autogestionadas de producción, reproducción y servicios; lo que ha venido en llamarse «economía feminista». En una entrevista a Hugo Huberman que aparece en este mismo número de nuestra revista, por ejemplo, se pone de relieve el papel de las redes de mujeres (cooperativas, microempresas, etc), básico en la salida de la crisis argentina del 2001.

Haría falta concretar más cuáles son las prácticas pedagógicas que traten de la transformación de las subjetividades, especialmente las masculinas; cómo trabajar las emociones y las vivencias de los sectores populares. Tenemos ya muchos ejemplos de estas prácticas en la propia América Latina. El libro alude a ellas, sin concretarlas ni poner ejemplos. Pero se trata de algo fundamental si queremos que el cambio social sea profundo y, por tanto, encarnado y desde dentro afuera y no sólo de abajo arriba.

Dicho lo cual, el libro puede servir a l*s lector*s interesad*s en un proyecto emancipador para que lo repensemos adaptado a las nuevas condiciones, con una perspectiva integral de género, superadora del sexismo, pero también del racismo y del clasismo. Para ir creando espacios en los que podamos ir saboreando de forma «prefigurativa» las relaciones armónicas e igualitarias que esperamos que más adelante sean las de predominen en toda la sociedad.

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1 Al ser una obra impresa bajo «Creative Commons», puede descargarse sin ánimo comercial aqui.

 

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